28.10.12

Cap. 36: ¿Puedo besarte?

Pasaron las semanas y por fin llegó el día. El día para verle. Llevaba casi dos meses sin verlo. Si, Pablo y yo hablamos sobre un mes pero el viaje y las grabaciones se retrasaron. Dos meses sin un solo abrazo de él. Le necesitaba mucho, demasiado y tenía miedo de que las cosas no volvieran a ser como antes. Habíamos mantenido el contacto. No todos los días pero si que de muy vez en cuando y siempre, siempre le notaba contento y feliz. Y eso me motivaba.


Ya estaba preparada, bueno... estábamos preparados. La familia de Pablo y yo decidimos de prepararle una fiesta de bienvenida. No era una fiesta a lo grande, era una pequeña reunión con sus padres y sus hermanos pero muy especial ya que celebrábamos su vuelta y ese premio que recibió estando en México. Sus padres eran muy buenos conmigo. No dudaron en llamarme para que les ayudara con los preparativos y eso me daba mucha más confianza. Nos sentamos todos juntos en el salón. Yo en el sofá con las dos pequeñas y sus padres en otro. También estaba Salvador. No me molestaba su presencia pero intentaba no estar a su lado en ningún momento. Prefería guardar las distancias.
Cada vez estaba más nerviosa. Sentía como el corazón me iba a salir del pecho. Apenas podía tragar y no paraba de mirar el reloj. ¿Porqué estaba tan nerviosa? No tenía ni idea. Era la misma sensación que sentí el día del concierto; esas ganas increíbles de verle sobre el escenario y esa emoción de estar a unos metros de él. Movía la pierna sin parar y decidí de salir a tomar el aire a la terraza. Desde allí no se escuchaba nada. Solo se veía a lo lejos  el mar. Eran las 8:30 de la tarde. Como estábamos en verano, aún brillaba bastante el sol. Sentía una suave brisa en la cara y me dejé llevar por la paz de ese sitio. ¿Se había parado el tiempo? Daba la sensación de que sí. Unas manos en mi cintura me sobresaltaron. Miré hacía abajo y pude reconocer esas manos. Pablo estaba de nuevo a centímetros de mi. Ahí fue cuando sentí como el corazón se me aceleraba más y más. Su barbilla rozó mi cuello y me estremecí. Giré suavemente mi cabeza y le miré unos segundos. Estaba más moreno y se había cortado el pelo un poco. Guapísimo.

 – Te he echado de menos... – Me dijo casi en un susurro.
Yo me giré completamente y le abracé, le abracé como si fuera la última vez. El abrazo duró unos largos segundos y fue muy tierno y cálido.
 – No sabes las ganas que tenía de esto. – Le dije juntando sus manos con las mías.
 – Estás guapísima. – Me tocó el pelo y me sonrió, parecía muy contento, como yo –. No me creo que te tenga aquí conmigo de nuevo. – Dijo Pablo.
Acto seguido coloca mis manos en su espalda y me vuelve abrazar. Me da un beso en la cabeza y me eleva la barbilla.
 – ¿Puedo besarte?
 – ¿Lo dudas? – Me reí y pasé mi mano por su cuello para que sus labios se apoyaran en los míos. ¿Mariposas en el estómago? Si, eso me hacía sentir Pablo.


La voz de Elena llamando a Pablo nos interrumpió y nos separamos un poco, pero sin soltarnos. Y pensaba estar así todo lo que quedaba de día, y de noche.
Entramos  dentro. Al parecer cuando yo salí fuera a despejarme, Pablo llegó. No me di cuenta ya que no se escuchaba nada. Me había dado una gran sorpresa, una de las mejores que había tenido.
Las dos pequeñas se abalanzaron hacia Pablo y él entre risas se agachó y las cogió a las dos. Las quería mucho, y estaba claro que ellas a su tío igual. Estaban locas con él y no me extrañaba en absoluto ya que Pablo era un encanto. Esa faceta tan paternal de Pablo la veía tan pocas veces que siempre que le veía con algunas de sus 'niñas', como él decía,  lo observaba con admiración. Me preguntaba si algún día le vería igual, pero con nuestros propios hijos.

La tarde fue bastante bien. En algunos momentos Pablo y yo nos escapábamos a la cocina con la excusa de ayudar con las bebidas y la comida, pero en realidad solo queríamos un poco de intimidad. Y yo un poco de sus besos.
A la noche Pablo cogió la guitarra y se sentó en el sofá. Nos iba a deleitar con un pequeño concierto, pero desde donde empezó todo, el sofá de su casa. Nos cantó dos o tres canciones y en cada final de ellas aplaudíamos  y él me regalaba algún que otro besito.
Ternura y cariño. Y eso era lo que transmitía esa familia. Los admiraba. Yo ya no iba a tener nada de eso y me entristecí. Pablo lo notó. Me miró y sonrió y vi como me señalaba el pasillo que llevaba a la terraza.


 – Se está bien aquí – Le dije, y él me cogió  la mano, observando de nuevo aquellas preciosas vistas pero esta vez, con la luz de la luna iluminando sus  ojos.
 – ¿Qué te pasa?
 – ¿A mi? Nada. ¿Por qué lo dices?
– Estás triste, te lo noto – Tenía razón. Pero intenté negarlo.
 – Pablo, ¿cómo voy a estar triste si acabas de llegar después de dos meses? – Le sonreí.
 – Aurora... – Me miró y sonrió a la vez que me apartaba el mechón de pelo de la cara –. A mi no me engañas. Estas como ausente, tus ojos están tristes. Algo te ha pasado.
– No es nada Pablo... Solo es que he recordado que mis padres ya no están juntos, que ya no somos una familia... y bueno, tu familia es perfecta.
– ¿Mi familia? ¿Hablarás de nuestra familia, no? –Me rodeó con sus brazos, mirando los dos hacia el frente.
– Ya sabes a que me refiero...
– Mírame –Me dijo firmemente.
Me giré a mi derecha y vi sus ojos clavados en los míos.
–Tu formas parte de esta familia. ¿Vale?

Eso me saco una sonrisa. Sonó sincero, lo dijo de verdad. Me di cuenta de que estaba siendo una egoísta. Él había vuelto, después de dos meses sin vernos debería de estar dando saltos de alegría. Así que sonreí, le besé e intenté olvidar todo. Se me pasó por la cabeza una idea. Era algo loco, pero a  Pablo le encantaban las travesuras.

–Pablo, si te digo que te vengas a un lugar conmigo, ¿lo harías?
– Al fin del mundo si hiciera falta. –Sonrió tiernamente y me besó en la mejilla.
–Vamos a escaparnos. Esta noche, tu y yo solos. ¿Qué te parece?
–La mejor idea del mundo. Ven, vamos a despedirnos.
–¿Y no te digo a donde vamos?
– No, por que yo si lo se, tu no.
–Se suponía que eras tu el que se iba a llevar la sorpresa.
–Te equivocas señorita, ahora es usted la que no sabe a donde va. ¿Está segura de que quiere venir conmigo? –Me ofreció la mano y me guiño el ojo.
–A pesar de que  has robado mi idea... estoy muy segura. –Sonreí.


Bajé del coche y me encontré en un lugar totalmente desconocido para mi. Estábamos rodeados de árboles y se escuchaba una infinidad de sonidos los cuales no era capaz de descifrar.

–¿Donde estamos Pablo?
–Ven, aún no hemos llegado.
–No se ve nada.
Era de noche, la oscuridad reinaba y un extraño escalofrío me recorrió el cuerpo. Le di la mano a Pablo y le seguí el paso. No me quería separar de él. Después de unos minutos andando, Pablo se colocó enfrente mía.
–Cierra los ojos. –Me pidió.
–Esta bien.
–Ya vengo.
–No... ¡no tardes!

Y me quedé sola. Tenía los ojos cerrados, como me había pedido Pablo, pero no aguantaría mucho. Tenía miedo. Aunque sabía que Pablo no tardaría, no me gustaba la idea de quedarme sola allí. Pasados unos minutos, noté en mi cintura unas manos. Me asusté y grité. Era Pablo.

–Idiota, me has asustado...
–No pretendía eso, tonta. –Nos reímos a la vez – Vamos, cierra los ojos.

Cerré los ojos y empecé a andar con él agarrándome de la cintura. Llegamos en unos segundos y al abrir los ojos me encontré con un camino echo de pétalos de rosas. Miré a Pablo totalmente sorprendida y me cogió de la mano.
–¿Seguimos?
Le contesté con un movimiento de cabeza y seguimos andando. En el final de aquél precioso camino echo por Pablo, había una sábana, una carta y una guitarra. Nos sentamos y cogí la carta.

    << Dicen que la primera vez que haces algo nunca se olvida. ¿Te acuerdas de nuestro primer beso? Si miras detrás de ti, y te fijas bien, verás el lago. Frente a él te besé por primera vez. Frente a él comenzamos esta historia, nuestra historia. >>

Me había quedado sin palabras. Miré detrás de mi y lo vi, era verdad. Yo si había venido aquí y vine con Pablo. Nuestro primer beso... Le miré y los ojos me empezaron a brillar. El detalle de traerme aquí me había emocionado. Abrió sus brazos y me acogió en ellos.

–Gracias... – Le susurré.
–Gracias a ti por cambiar mi vida.
–Jamás olvidaré esto. No te vayas nunca de mi lado, por favor.
–Siempre estaré a tu lado Aurora.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo.
Me abracé más a él. Sentía su calor y su corazón latir. Mis manos acariciaban sus perfectos y definidos pectorales. Como lo había echado de menos. Como había echado de menos sentirme tan protegida, tan especial. Unos segundos más así y me quedaba durmiendo en sus brazos así que le miré y le besé con ganas. Cada vez con más intensidad. Se notaba el calor de nuestros cuerpos, las ganas de volverse a juntar formando uno.  Pablo se quitó la camiseta y me apoyó en la sábana. Nuestros cuerpos pedían más. Nuestra respiración se iba acelerando después de cada beso y la pasión se desató entre nosotros. Pero una luz a lo lejos nos sobresaltó y nos levantamos rápidamente.
–Ahí hay alguien Pablo. –Le dije en un susurro. Se veía la luz de una linterna y los pasos de una persona.
– Vámonos, corre.  –Pablo se levantó rápidamente y cogió las cosas. Nos empezamos a reír  y nos fuimos corriendo hacia el coche. Pablo iba sin camiseta y con los pelos revoloteados. Me encantaba.

–Que oportuno... –Dijo mientras arrancaba el coche.
–Casi nos pillan.
–Ha estado bien. -Se ríe.
–Pablo, ¿y tu camiseta?
–Perfecto, se ha quedado allí.
–¿Quieres que vaya a por ella?
–No, no importa. Es mejor que nos vayamos ya.
–Está bien... pero ahora no se a donde vamos a ir contigo provocando de esa manera. –Me reí.
–Vamos a mi casa, a estas horas ya tienen que estar mis padres durmiendo.
–Anda, vamos...

Sonreí y Pablo puso rumbo a su casa. Llegamos y fui a darme una ducha mientras Pablo leía algunos mensajes de las fans. Al salir me encontré a Pablo durmiendo en el sofá. El móvil se había caído al suelo así que lo coloqué en la mesa y fui a por una manta. Pensaba en despertarlo para que se viniera a la cama pero desprendía tanta dulzura que preferí dejarlo dormir. El día había sido muy largo y él estaba agotado. Le di un beso en la frente y apagué las luces. Yo también estaba agotada así que me eché en la cama y me dejé llevar por el sueño.



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