14.9.12

Cap. 34: Y estaremos juntos de nuevo.


Pasé los días siguientes junto a Sergio. Nos veíamos por la mañana y por la tarde. Había momentos en los que me sentía bien de verdad y olvidaba todo lo sucedido. Su compañía era como un rayo de luz en medio de una terrible oscuridad y eso me reconfortaba. Hablaba con Pablo todos los días y podía decir con seguridad que todo iba viento en popa en nuestra relación. A pesar de la distancia, las ganas de volver a vernos nos unía cada vez más. Ya había pasado una semana y el piso donde me mudé dos días atrás aún estaba patas arriba con lo que la ayuda de Sergio me venía genial. Hoy me tocaba pintar, así que me levanté de la cama, me puse ropa vieja, me recogí el pelo y desayuné algo rápido ya que dentro de unos minutos llegaba Sergio. Me dirigí al salón y observé las cajas de por medio y los botes de pintura color beige medio abiertos. El piso no era muy grande, pero era muy luminoso y acogedor. Me senté en el suelo y empecé a remover la pintura. Después de un rato dándole vueltas a aquello, cogí una brocha y la moví lentamente de arriba a abajo sobre aquella pared. Unos minutos después, alguien llamaba a la puerta. Solté la brocha en el suelo y me limpié las manos en mis pantalones, ya que no tenía otra cosa. Llamaron de nuevo y aceleré el paso hasta que abrí. Un ramo enorme de rosas no dejaba ver a quién lo sostenía. Un sentimiento de sorpresa recorrió mi cuerpo y me llevé una mano a la boca. Era precioso. El hombre que lo llevaba lo dejó en el suelo y sacó una especie de carpeta llena de hojas y un bolígrafo.

-¿Esto es para mi?
-¿Eres Aurora?
-Si... soy yo. – Balbuceé.
-Pues entonces, firma aquí.
El hombre me dio el bolígrafo en señal para que firmara.
-¿Pero quién envía esto? – No tenía ni idea de quién habría podido enviarme algo así.
Firmé aquello y el hombre me contestó
- No han dado nombre, solo la dirección de la casa y tu nombre. Lo único que te puedo decir es que es un pedido que han echo fuera de España.
Pablo. Aquél precioso ramo de rosas me lo había mandado Pablo. Agaché la cabeza y sonreí para mis adentros. Esbocé una pequeña sonrisa y le di las gracias a aquél muchacho. Cerré la puerta y llevé el ramo a la única mesa que tenía en el salón. Eran diez rosas rojas y diez rosas blancas. La combinación de los dos colores era preciosa. Sin duda, era el mejor regalo que podía recibir hoy. Miré entre las flores y encontré una pequeña tarjeta.
<<Para la princesa que alegra mis días. Espero que te hayan gustado. Veinte días y estaremos juntos de nuevo. Te quiere, Pablo.>>

Ahora entendía porque diez rojas y diez blancas. Las dos sumaban veinte. Veinte eran los días que nos separaban. Deseaba poder tenerlo a mi lado, poder abrazarlo, besarle y decirle lo mucho que lo quería, pero no era posible. Me entraron unas ganas inmensas de llorar. Lo echaba mucho de menos y el ramo me había emocionado, pero contuve las ganas. Fui en busca de el móvil y marqué el número de Pablo, necesitaba hablar con él. Me senté sobre la cama y esperé a que lo cogiera.
-¿Si? – Se escuchó al otro lado.
-Amor, soy Aurora.
-Hola princesa – Su voz sonaba como si se acabara de despertar.
-¿Estabas durmiendo?
-Si, bueno... Aquí son las cuatro de la mañana. – Se rió.
-No... no lo sabía. Lo siento, no quería despertarte.
-No pasa nada cielo. Despertase con el sonido de tu voz en una bonita forma de hacerlo.
Sonreí.
-He recibido tu ramo. Es precioso. -Le comenté.
-¿Te ha gustado?
-No – Dije con firmeza.
-¿No? Tenía que haberte mandado otro tipo de flores. A mi tampoco me convencían las rosas.
-Pablo – Dije entre risas –. No me han gustado, me han encantado. No me lo esperaba. Ha sido el mejor regalo que me podías hacer, pero no tenías que haberte molestado.
-No es una molestia y lo sabes. Me alegro mucho que te hayan gustado. Quería hacerte algo especial.  
-Pues lo has conseguido. Oye, ¿cómo sabías la dirección de el piso? No recuerdo habértela dado.
-Tu madre ha sido muy amable – Se rió.
-Gracias cielo. Y ahora descansa, seguro que lo necesitas.
-Te necesito a ti.
-Pablo... por favor... no me digas eso.
-¿Por qué no?
-Porque soy capaz de ir para allá y comerte a besos.
-Entonces es mejor que siga.
Nos reímos a la vez.
-Te quiero. – Dijo.
-Vuelve pronto.
-Lo haré.
-Te quiero Pablo.

Corté la llamada y me eché en la cama. ¿Estaba feliz? Podría ser. No podía parar de sonreír y solo se debía a una persona. De nuevo llamaron a la puerta, bajé de la nube en la que me encontraba y fui rápidamente a abrir.
-¡Hola! – Dijo Sergio con una gran sonrisa y entró hacia adentro.
Al llegar al salón se paró justo enfrente del ramo. Me miró y levantó una ceja.
-¿Y esto? – Se rió.
-Un detalle de Pablo.
-Pues se ha lucido – Sonrió.
Después se acercó a la pintura y cogió una brocha. Me miró y esbozó una pequeña sonrisa.
-¿Manos a la obra?
Me reí. Su entusiasmo y energía era unas de las cosas que más admiraba de él. Siempre tan optimista, siempre tan él. Me coloqué a su izquierda y le miré.
-Manos a la obra – Dije con ganas.

Empezamos a pintar, a jugar y a reír. Terminamos casi a la noche. Acabamos llenos de pintura por todos lados y estábamos agotados, pero habíamos pasado un gran día. Dentro de unos días podía comenzar una nueva vida allí, solo quedaba colocar los muebles. Pedimos unas pizzas para cenar y las comimos en unos minutos. Nos quedamos sentados en el suelo, apoyados en la pared. Sergio miró hacia los lados y sonrió satisfecho.
-Ha quedado genial, ¿verdad?
-Si. Es perfecto, no se como hubiera quedado sin tu ayuda. – Me reí.
-Ya solo queda los muebles, ¿quieres que te ayude?
-No Sergio, ya es demasiado abusar...
-No me supone ningún problema.
-Mejor que no. Tu descansa estos días, esta semana ha sido muy movidita por la mudanza, no pienso dejar que también me ayudes con los muebles.
-Me parece que es imposible hacerte cambiar de opinión.
-Lo es.
Nos reímos a la vez y nos quedamos mirando mutuamente unos segundos. Había una cierta conexión entre los dos. Me ponía nerviosa así que aparte los ojos rápidamente. Sergio dio la impresión de sentirse incómodo y miró el reloj.
-Creo que ya es hora de que me vaya.
Me levanté del suelo y le di la mano para ayudarle. Le di sus cosas y nos dirigimos a la puerta. Nos colocamos frente a frente y le sonreí.
-Gracias por todo.
-Ha merecido la pena todo el cansancio – Se rió y me miró tiernamente –. Nos veremos en unos días ¿no?
-Eso espero.
Sonreímos a la vez y nos dimos un abrazo de despedida.
-Buenas noches -Le dije y cerré la puerta lentamente. 

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