17.11.12
Cap. 38: Buenos días princesa.
Era la mañana de un Sábado caluroso y soleado. Estaba entre los brazos de Pablo. Aún seguía durmiendo así que me puse a acariciar cada facción de su rostro; su pelo, sus labios, sus lunares...
Era uno de esos momentos en los que piensas si podría a ver algo más feliz que estar a su lado. En mi caso, no. No podría a ver tal cosa. Le miraba y le volvía a mirar. Y es que no me cansaba. Era una adicción. Pasó un rato hasta que Pablo abrió los ojos. Él a un lado y yo al otro de la cama, mirándonos a los ojos, como si no existiera nada más a nuestro alrededor.
–Buenos días princesa. –Me susurró a la vez que me acaricia la mejilla.
–Buenos días dormilón.
Nos reímos y Pablo miró la hora en su Iphone.
–Las 12:30, ¿por qué no me has despertado?
– No quería, estabas muy mono durmiendo –Me reí.
–Si, ¿no?
–Si.
–Pues este mono quiere hacerte cosquillas.
No me dio tiempo a reaccionar y Pablo me cogió de la cintura para hacerme cosquillas en la barriga. Sabía que era mi punto débil. Empecé a reír, no aguantaba aquello.
–Pablo, suéltame por favor... ¡Por favor!
–No. –Y siguió con el juego.
–Que no, que me dejes, jo. – Seguía con mis súplicas, a pesar de que apenas podía hablar.
Pablo siguió a lo suyo y yo me intentaba liberar de aquella batalla en medio de risas. Al volverme a cojer, no nos dimos cuenta de que estábamos en el filo de la cama y nos caímos los dos hacia atrás. Yo quedé en lo alto de Pablo, así que el golpe se lo llevó todo él. Me levanté rápidamente con miedo de que se hubiera echo algo pero encontré a un Pablo muerto de la risa y claro, me contagió a mi.
–¿Estás bien? –Me dijo aún en el suelo.
–Si, ¿y tu?
–Más o menos.
–Anda, dame la mano. –Le ayudé a levantarse y vi como se llevaba la mano a la espalda.
–¿Seguro que estás bien?
–Si, no te preocupes. –Me sonrió y yo le di un pequeño beso en los labios.
La mañana mejor no había podido empezar. Después de tranquilizarnos tras el pequeño incidente, Pablo y yo nos preparamos para pasar un día fuera de casa. Tenía unos días libres a partir de hoy y queríamos aprovecharlos lo mejor posible. Yo me vestí con un vestido ligero y cómodo y Pablo con sus pantalones azules, camiseta negra y como no, sus típicas gafas negras. Iba guapísimo, como siempre. Cogimos las cosas y nos montamos en su coche. No estaba muy acostumbrada a verle conduciendo. A veces era como si Pablo solo fuera Pablo Moreno y me olvidaba de el Pablo Alborán que hoy en día todos conocen.
Pusimos rumbo a un restaurante italiano. Según Pablo, se encontraba un poco lejos del centro así que tardamos en llegar. Al bajarnos, nadie le reconoció. Se agradecía eso, ya que si le ven, no tardarían en llegar la gente a pedirle autógrafos y fotos. Eso le encantaba a Pablo, es más nunca tenía problema en hacerlo, pero a veces si que era necesario un poco de tranquilidad e intimidad. Entramos dentro y nos dirigimos hacía la mesa más apartada que había, para estar más tranquilos.
–Es precioso este sito. –Le comenté.
–¿Nunca habías venido?
–No, es la primera vez.
Le sonreí y pedimos las bebidas. Por ahora todo tranquilo, Pablo estaba pasando desapercibido. En medio de unas de nuestras conversaciones, la mirada se desvió hacía la entrada del restaurante. Me sorprendí al ver al hermano de Pablo allí. Una extraña sensación me recorrió el cuerpo y unas ganas de salir corriendo del sitio se apoderaron de mi, pero me contuve.
–Pablo, mira quién está allí.
Se giró y al parecer también le sorprendió ver a su hermano allí. Salva se dio cuenta de nuestra presencia así que vino hacía nosotros. Pablo se levantó y le dio un abrazo mientras que yo me quedé observando la escena.
–Pero bueno, ¿cómo tu por aquí? –Preguntó Salva, sin ni si quiera mirarme.
–Pues aquí que hemos venido a comer y a despejarnos un poco. ¿Y tu?, ¿vienes solo?
–Estoy esperando a unos amigos. –Sonrió y me miró –. ¿Cómo estás Aurora?
Me levanté y le di dos besos, solo por cortesía ya que Pablo no sabía nada de lo ocurrido con Salva.
–Quédate con nosotros un rato, ¿no?
–No quiero molestar Pablo.
–Salva cállate y siéntate anda.
Salva se rió al unísono y se sentó a nuestro lado. Se veía perfectamente la maravillosa relación que había entre ambos, ellos se pusieron a contar como les estaba yendo el día y yo estaba bloqueada, no sabía que hacer, ver a Salva cerca de Pablo hacía que me sintiese como si le habría clavado una puñalada trapera a Pablo, tanto que Pablo llegó a notar mis nervios.
–Aurora, ¿cielo, estás bien? te noto como distraida... -Me preguntó Pablo cogiéndome de la cara.
–Eh... sí claro, solo que me he quedado pensando en la suerte que tengo de tenerte conmigo. -Le sonreí y lo besé, de este modo pude ocultarlo nuevamente.
–¿Has visto Salva que pedazo de novia tengo? Es adorable... ¡A ver cuando te echas una tú, eh! -Dijo Pablo entre rísas.
–Bueno... todo a su tiempo, ¿no crees? -Contestó algo nervioso. –Bueno, si me disulpais yo me tengo que ir, ya mismo llegan mis amigos ¡Adiós Aurora, adiós Pablo! Nos vemos pronto. –Se levantó de la silla y se fué.
–Amor, ¿te parece si vamos pidiendo ya para comer?
–Claro. –Sonreí.
Durante toda la comida no cruzamos palabra, sobraban todas. Solo nos mirábamos como dos locos enamorados, transmitiéndonos todo con dulces e inocentes miradas. Surgió nuevamente el dilema de ''No, pago yo'' pero una vez más, Pablo me combenció y terminó pagando él.
–¿Qué te apetece hacer ahora princesa? –Me susurró mientras colocaba mis manos sobre sus hombros a modo de abrazo.
–Lo que sea, pero contigo. –Nuevamente sentí el deseo de besarlo, lo besé con pasión tanto que sin querer le mordí el labio.
–Vaya, vaya... ¿Me has salido leoncita, eh? Me has mordido... -Me dijo sin perder su preciosa y radiante sonrisa.
–Eres un idiota... ha sido sin querer, pero ya no te beso más tranquilo. –Pronuncié estas palabras y me cruzé de brazos y seguí caminando sola dejando a Pablo atrás haciéndome la enfadada.
–Qué ya lo sé tonta... sé que ha sido sin querer... –Contestó Pablo.
–No, pues ahora te aguantas, ya no te besaré más en todo lo que queda de día. –Lo miré y lo saqué la lengua.
–Va, perdoname, ya sabes lo bromista que soy... ¡No me hagas esa tortura mujer, sabes perfectamente que un día sin tus besos no puedo estar!
Pablo estiró su mano para que yo la agarrase y nos fundimos finalmente en un beso. La verdad es que adoraba esas 'peleas' tontas que hacían a un Pablo más cariñoso.
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Juro que me encanta esta historia. La estoy devorando poco a poco. ¡Gracias por compartirla con nosotros, guapísimas! Besitos de @Leti_Alboran97
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