Lo conseguí, acerté llevándola a aquél lugar. Me había costado muchísimo encontrarlo, pero gracias a un viejo amigo pude hacerme con esa pequeña casa rural, una cabaña de madera más bien. Me fijé en su rostro y pude verle los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja. Hacía tiempo que no la veía tan contenta y eso me hacía el hombre más feliz del mundo. Le cogí de la mano y avanzamos unos metros para poder observar mejor ese acogedor salón iluminado por la luz de la chimenea que ardía con un fuego casi cegador. Las paredes eran de madera y había dos sofás en frente de una enorme ventana desde la cuál se podía ver el mar a lo lejos. Había un pequeño árbol de Navidad en una mesita del rincón y unos cuadros preciosos adornaban las paredes. Está claro que aquella casita estaba echa para dos o tres personas como máximo ya que era bastante pequeña, aunque ideal para nosotros dos. Aurora, que aún seguía observando aquél lugar con admiración me dedicó una sonrisa y yo pasé mi mano alrededor de su cintura para acercarla a mi cuerpo. Aquí pasaríamos la noche y parte del día siguiente. Ese seria uno de mis cuantos regalos que le esperaban por Navidad.
¿Serviría la palabra felicidad para describir mi estado en ese momento? Si, estaba segura de que si. Estaba emocionada y era debido de que aquella casita, a parte de ser uno de los lugares donde siempre había querido venir con mi pareja, era donde mi fallecido abuelo me traía en Verano dos o tres días después de acabar el colegio. Lo llamaba la 'Casa del Descanso'. Solo íbamos los dos solos y pasábamos allí un día entero. Un día entero lleno de risas, helados, juegos con la arena, baños en el mar... Un sinfín de momentos divertidos que había pasado en ese lugar tan especial escondido entre una de las playas de Málaga junto a unas de las personas que más quería. Era una casualidad, estaba claro, ya que yo no le había hablado nada a Pablo sobre ese sitio pero aún así, me resultaba extraño pero deje de pensar y me dejé llevar. No pude evitar mi emoción y algunas lágrimas se escaparon de mis brillantes ojos. No quería que Pablo me viera así por lo que oculté mi cara en su pecho y lo abracé, dándole una y otra vez las gracias por todo lo que hacía por mi.
Al cabo de un rato ya estaba más tranquila y por suerte Pablo no me preguntó nada acerca esa emoción que me había invadido hacía unas horas atrás. Pasamos unas horas en el sofá, acurrucados a la luz de la chimenea, hablando y regalándonos caricias y besos. Pablo tenía las mejillas sonrojadas de la calor que hacía allí por lo que no pude evitar reír. Pablo, como muchas de la veces en las que me reía de él, levantó una ceja y sonrió. Un 'no te reías de mi' salía de su boca y yo negaba con la cabeza con una sonrisa pícara y sin poder evitar rozar mis labios con los suyos. En la mitad de unos de nuestros besos, el estómago de Pablo sonó.
–Pablo, tu estómago.
–Estoy hambriento jajaja. Ya vengo. -Dijo poniéndose de pie-. No te vayas.
–No, no. -Le sonreí.
Hice lo que Pablo me pidió y me esperé allí medio tendida en el sofá observando como las llamas brillaban en la oscuridad del salón. Una corriente de aire frío acarició mi cuello. Me volví y vi a Pablo con una botella de champán en la mano derecha y una bolsa blanca en la otra. Avanzó hasta mi y se sentó a mi lado dejando la huella de sus labios en mi mejilla.
–¿Y esto?
–Champangne, fresas con chocolate y la mejor compañía. ¿Se puede pedir más?
–Para nada. -Le dije pasando mi brazo por su cuello y poniéndome de rodillas en el sofá.
Pablo abrió la botella y llenó las dos copas hasta el filo. Me dio una y el cogió otra.
–¿Brindamos?
–Claro. Por ti, por mi, y porque esto dure para siempre.
–Por supuesto. -Dijo guiñando el ojo.
Nos comimos todas las fresas e hicimos el brindis y sonreímos. Estaba empezando lo que iba a ser una de las mejores noches de mi vida. Después de unos cuantos sorbos a aquél delicioso Champagne el alcohol empezaba a hacer efecto sobre nosotros. Una vez más sus caricias me devolvían el aliento, su cuerpo contra mi cuerpo, rozando piel con piel. Mi respiración se aceleraba al igual que la de Pablo.
–Tengo hambre de ti. -Me dijo Pablo al oído, casi en susurro, provocando una extraña sensación en mi cuerpo. Mis ganas de besarle aumentaron hasta que no pude contenerme más.
–Ah ¿Sí? ¿Y cuanto hambre es eso? -Contesté yo con cara picarona.
–Pues... deja que te lo demuestre y pronto lo sabrás. -Apresuró su boca junto a mi oreja y me dio un pequeño mordisquito en ésta. Yo no iba a ser menos a si que me dejé llevar por el momento. Sin a penas darnos cuenta comenzamos un 'juego' de besos, caricias, gestos, miradas, sonrisas y más besos, nuestros cuerpos pedían a gritos que se juntasen para fusionarse en uno sólo. Me dejé llevar por el deseo sin freno que estábamos viviendo, cogí a Pablo de la mano y lo llevé hasta una pequeña habitación que había en la casa. Lo acerqué contra mi cuerpo nuevamente para sentirle más cerca de mi que nunca, necesitaba volver a sentirlo cerca de mi piel. Me tumbó en la cama, yo abajo el arriba, lentamente metió sus manos por debajo de mi camiseta, hacía temblar todo mi cuerpo con solo una caricia... deslizó sus manos por mi cadera y subió la camiseta hasta los brazos, hasta que se deshizo de ella sin problema. Desabrochó el botón de mi pantalón después se deshizo también de ellos, y llegó hasta el cierre de mi sujetador, me incliné un poco para que puediera desabrocharlo. Ahora era mi turno, desabroché hasta el último botón de su camisa blanca, acariciando su suave torso, sin parar de besarlo. Lentamente desabroché su cinturón, me deshice de él y de sus pantalones vaqueros. Ambos quedamos completamente desnudos. En aquella habitación lo único que se oía eran nuestras respiraciones agitadas, el placer hablaba por nosotros. Nadie me había hecho sentir así de especial como me hace Pablo cuando me tiene entre sus brazos, siempre tratándome con amor. Entre gemido y gemido logré susurrarle algo.
–Jamás me ha dado alguien lo que tú me has hecho sentir. -Me miró picaramente y sonrió.
Me quedé apoyada en su pecho, fundiéndome en aquellas sábanas blancas
con olor a su colonia, me miraba y sonreía sin pronunciar si quiera una
palabra, hasta que rompió el silencio.
–¿Te puedo hacer una pregunta? -Me miró serio.
–Claro, dime.
–¿Por qué hueles las sábanas y pones esa carita tan dulce? -Pronunció mientras sonreía.
–Porque en ellas esta tú colonia, y cuando no estás porque te vas de viaje por ahí ella es la que recuerda a ti, y la que hace que me sienta un poquito más cerca de ti.
–Te quiero. -Pronunció.
–Y yo.
Nos quedamos totalmente dormimos hasta la mañana siguiente, nos despertamos, desayunamos algo rápido y nos fuimos a la ducha, estaba algo nerviosa, era la primera Navidad que pasaría a su lado y en casa de los padres de Pablo y además con toda la familia completa, pero estaba segura de que iba a ser algo inolvidable.
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